
Era una mujer que en repetidas ocasiones había cometido excesos que demandaban arrojo varonil.
Harto afortunada por su linaje y hermosura, y no menos por el marido y los hijos que tuvo. Dominaba el griego y el latín: cantaba y danzaba con más desenvoltura de lo que conviene a mujer honesta. Tenía muchas de aquellas gracias que son incentivo de la lujuria: nada estimaba menos que el pudor y la honestidad. Era tan pródiga del dinero como de su fama, y tan lasciva que más veces solicitaba a los hombres que esperaba a ser solicitada. En varias ocasiones había incumplido su palabra, había negado con su juramento lo que se sabía con certeza; había intervenido en homicidios y se había arrojado precipitadamente a todo por su liviandad y pobreza. Por otra parte, su ingenio era feliz para la poesía, el chiste y la plática, fuese modesta, tierna o licenciosa. En suma, Sempronia tenía mucha sal y mucha gracia.
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